Cuando la crianza va de la mano del caos

Cada día me doy más cuenta de lo difícil que es educar a los hijos y que, aunque lo intentemos, a veces estamos a patadas con la disciplina positiva, y es que la crianza muchas veces va de la mano del caos.

Alguna vez ya os he hablado de cómo gestionar las rabietas en la adoslescencia, pero hoy os concreto un poco más.

Hay veces que no sé muy bien si esto es un blog o es un diario personal, porque escribo como si fuera únicamente para mí, pero no es fácil compartir las experiencias sin ponerlas en primera persona.

Disciplina positiva

Para poneros en situación. Yo nunca he hecho ningún taller de estos de disciplina positiva que están tan de moda ahora, ni estoy formada en este tema. Sólo he leído algún libro que otro y lo que voy oyendo y leyendo por diferentes cuentas, blogs, foros, etc.

He de confesar que a veces me chirría un poco la imagen de ‘perfección’ que se quiere mostrar en este tema, porque no es nada nada fácil.

Los niños a veces desesperan. Y quien me diga lo contrario, miente.

Cuando la crianza va de la mano del caos

A veces, según estemos los adultos, actuamos de una manera o de otra: se nos van los gritos, las amenazas, la imposición… o al menos a mí me pasa. Pero también es verdad que de un tiempo hasta ahora, estoy intentando que eso sea con menos frecuencia y tratar de dialogar más, hablar mejor, gritar menos y respirar más.

Últimamente, cuando mi hija me desespera mucho, porque es cabezona a más no poder, lo que hago es salirme de la habitación, respirar tres veces, coger aire y volver a entrar.
Es mi recurso para evitar el grito y la regañina.

Las rabietas son muy difíciles de gestionar, y más, cuando son en plena calle que tienes el componente social, la gente que te mira, que te juzga, la vergüenza… porque a mi hija le da igual montar el pollo en casa o en la calle, ya os lo digo yo, pero claro… para los padres es más difícil de gestionar porque se supone que somos los educadores.

Situaciones comunes

En los últimos días hemos vivido estas dos situaciones, en la calle y en la casa, y por dos tonterías que no os podéis hacer una idea.

1. Estamos en las clásicas máquinas de bolas. Le meto la moneda y giro la rueda para que salga la bola. Rabieta al canto porque ella quería darle la vuelta a la rueda. Consecuencia: se pone a llorar como una cosaca, gritando en la calle, quiero otra, quiero otra… Después de un rato de montarla en la calle, de haberla dejado llorar allí mismo, de tratar de hablarle veinte veces sin resultado, entre su padre y yo conseguimos calmarla y explicarle las cosas. Le cuesta entender pero al final se calma, coge la bola y pasamos página.

2. En la cena. Me pide un yogur de postre. Se lo abro y se lo pongo en la trona. Se enfada porque ella quería abrirlo solita. Y de ahí ya el caos. Tira la mitad del yogur, le regaño y ya empieza el llanto. Llorando, gritando… Le digo que no hay más yogur, que nos vamos a la cama y unos 10 minutos de llanto continúo y gritos, que quiero yogur, llegando incluso a pegarme. Me marcho, la dejo que llore lo que necesite y cuando empiezo a ver que se calma, me acerco, me siento con ella, le pregunto si ya está más tranquila y me dice que sí. Le pregunto si cree que ha hecho bien pegándome y poniéndose así por un yogur y me dice que no. Me pide perdón, me da un beso y entonces me la llevo para que se coma el resto del yogur.

Esas dos situaciones me han hecho darme cuenta de lo importante que es la paciencia en la crianza y los tiempos que cada niño necesita.

Cuando la crianza va de la mano del caos

Crianza con paciencia

Creo que cuando un niño entra en bucle con una rabieta, hay que dejarle su tiempo para que se exprese, para que desfogue lo que necesite y cuando se le pase un poco, entonces podemos entrar en diálogo con ellos.

Si nos ponemos a su nivel, gritando, regañándoles… al final no conseguimos nada más que enfatizar el enfado. Poco ejemplo le damos si reaccionamos de la misma manera.

He de reconocer que el papá de la criatura gestiona a veces estos momentos mejor que yo, porque no le sale el genio mío, pero bueno… poco a poco.

No es fácil. Se necesita, como ya he dicho, muchísima paciencia, pero muchísima, pero la verdad es que cuando uno hace las cosas bien, y siente que las ha hecho bien, la satisfacción es mayor.

Tropezaremos mil veces en la misma piedra, pero lo importante es reconocer los fallos y volver a comenzar de nuevo.

Nadie dijo que ser madre fuera fácil. No lo es. Pero es una aventura apasionante.

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